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EL DEBER DE MEMORIA Septiembre/2003 Hoy, como todos los días desde que vivo fuera de Cuba, me desperté a las cinco de la mañana, abrí la ventana y miré lo más lejos que pude hacia el este y adiviné que el sol estaba, otra vez, poniendo moradita la negrura de la madrugada, hice el café, salí al patio para acabarme de despertar con el fuetazo que da la frialdad matinal y me vino a la mente Valdespino, un compañero mío ( y de muchos otros ) de la escuela militar en Camagüey, él se hizo oficial y piloto y lo mandaron a Angola y allí le derribaron el helicóptero y murió allí, lejos de Cuba, lejos de su familia y de nosotros. Creo que sus enemigos no le respetaron la vida. Luego pensé en la tragedia nacional de los actos de repudio y en el éxodo masivo por el puerto de Mariel y me dije que la fragilidad de fondo en que vive actualmente el régimen castro-fascista se explica también por el asco y el terror - dos sentimientos sui géneris combinados - los cuales provocan en nosotros los cubanos un recuerdo infame. Con el tiempo, las víctimas y muchos victimarios de aquella "hazaña" de la Involución van nutriendo la certeza de que ninguna libertad será respetada por los hombres que tienen el poder en Cuba, hombres que ahora, en estos precisos momentos, están en fuga permanente ante el concierto universal, envueltos en el vaho de ese sistema de marras cuyas categorías éticas escapan a todo consenso. De la puerta del patio de mi casa al roble que tengo en el fondo del jardín hay exactamente cien metros y todas las mañanas antes de que despunte el día voy hasta el roble, a verificar no sé qué. Será un pretexto para caminar en la oscuridad, para pensar en nuestros muertos. ¡Vaya rito!
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