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El cuento de Carmelo
Allá por el 1980, Carmelo era recluta de las F.A.R y lo habían puesto de chofer de un teniente coronel porque sabía un poco de mecánica y porque parecía ser un muchacho ordenado y tranquilo. Pero como el Carmelo tenía 20 años, gallarda presencia y medía más de seis pies, no pasó ni un mes antes de que (sin quererlo él ) su persona llamara la atención lujuriosa de la esposa del altanero y relamido teniente coronel. La arpía logró lo esperado y... lo ocurrido llegó a oídos de su heroico esposo pues en Cuba todo se sabe y lo que no se sabe se imagina y fue tanto el odio y tanta la saña con que este delincuente uniformado quiso vengar las astas que llevaba que le hizo la vida imposible a Carmelo quien al cabo de varios meses de acoso psicológico, en un momento de hastío, se amparó de un fusil M-52 y se disparó un tiro en el estómago cuya bala salió por la rodilla destrozándole la mitad del cuerpo. Pero no murió. Del hospital militar lo despacharon al hospital psiquiátrico y allí, al cabo de unos días, le mandaron a un pobre mediquito tembloroso para que le dijera "como si fuera una confidencia de hermano a hermano" que "tenía que hacerse el loco porque si no, habría juicio y que en tal caso, lo condenarían por atentado contra una propiedad del estado". Claro que, por primera vez en su vida, Carmelo oía decir que él era una 'propiedad del estado'". Reciamente cuerdo, bien sabía que la turba infame no abandonaba a sus cómplices, razón por la cual, prefirió hacerse el loco y al cabo de varios meses de pastillitas y de electrochoques lo dejaron salir bajo control "médico". Una tarde, en su silla de ruedas, en pleno Parque Agramonte de la magnífica (porque no se rinde) ciudad de Camagüey me contó su triste y desgraciada historia. A estas alturas cabe preguntarse:
¿Cuántos reclutas habrán muerto en Cuba por suicidio después de
instituido el servicio militar? Sería muy interesante conocer la cifra,
las causas y las consecuencias sociales de esos dramas.
Luis Tornés Aguililla |
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