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CARTA DE SANTO DOMINGO
(Fragmento de la carta enviada a Néstor Ponce de León, Nueva York, 21 de octubre de 1889)
Cubanos todos, dentro y
fuera de la Isla, dentro y fuera de la revolución: Un grupo de reconocidos intelectuales y artistas cubanos de dentro y fuera de la Isla protagonizaron, y aún protagonizan, un importante debate sobre las limitaciones a la libertad de expresión cultural durante el llamado “quinquenio gris”. Este debate, suscitado por la resurrección pública de personas que en su momento asumieron la responsabilidad visible por la represión, persecución y hostigamiento que caracterizó a esa etapa, involucró a decenas de cubanos, afectados entonces y atemorizados ahora. Al revisar la memoria histórica, es referente inevitable el Congreso Nacional de Educación y Cultura de abril de 1973. A partir de este evento se agudizó en Cuba una represión extrema en el ámbito cultural, que llegó hasta la persecución, expulsión, marginación y ostracismo de aquellos escritores y artistas, identificados como diferentes, marcados de contrarrevolucionarios, diversionistas ideológicos, antisociales, homosexuales o inmorales.
Ya no puede tratarse de la
imposición de un criterio sobre otro, ni de un grupo de cubanos
sobre otros, sino de la exposición, el debate y la reflexión de
todos los criterios, con tolerancia y respeto para cada uno de
los cubanos y su pensamiento propio. Sobre Cuba, su pasado, su presente y su futuro, pueden y deben opinar, debatir, decidir y trabajar todos los cubanos. Es imprescindible y beneficioso para la patria que cada cubano piense y opine, que se apreste al debate público, contradictorio y libre. Hay un país: Cuba, que es más que un terruño amable, en el que caben todos los cubanos sin distinción: comunistas, demócratas, socialistas, liberales, conservadores, social-cristianos, social-demócratas, anarquistas… Escuchemos y escuchémonos todos en el debate libre, sincero y abierto porque hay espacio para cada uno de nosotros sin ningún tipo de exclusión por razones políticas, sociales, raciales, religiosas o sexuales. La primera virtud en esta coyuntura especial es asumir el dilema como de todos, y el deber de resolverlo entre todos, con la terquedad pródiga de inmiscuir tanto a quienes quieren escucharnos como a los que se niegan a ello. Nos toca, porque nos resulta menos gravoso, ampliar la polémica que se pretende limitar sólo a cinco años de represión sobre una parte mínima de la sociedad, a la discusión y la valoración abierta de este medio siglo de devenir público, a la luz del respeto o la abrogación de los derechos de todos los ciudadanos. No nos referimos especialmente al orden político y económico sino –y principalmente-- a la incidencia de tales métodos en la vida cotidiana.
Miremos en un inicio a la
cotidianidad del cubano en la que se niega la primera ley
fundamental de la República, la añoranza martiana por el
“respeto a la dignidad plena del hombre”, la que apropiadamente
abre la actual Constitución cubana. No creemos que los temas a afrontar son los matices políticos que convierten el debate en un campo de batalla en el que se enfrentan posiciones extremas; tampoco lo es la segmentación del poder, ni los ataques recíprocos entre lo que han devenido en bandos de confrontación absoluta, en lugar de partes coincidentes en la búsqueda de un diálogo hacia la solución y la convivencia.
No hay justificación alguna para que un cubano no pueda disfrutar de sus playas, hoteles y restaurantes por el solo hecho de no ser extranjero. Ya ni vale, ni es suficiente liberar la facultad de desarrollo individual y estimular el ingenio de nuestros intelectuales y artistas, y sólo de estos. ¿Por qué es permisible para un profesional del intelecto humanista viajar fuera de la Isla en el ejercicio de su oficio y cobrar por ello, para después emplear libremente lo bien ganado en su uso y peculio personal, mientras que no se permite lo mismo a un intelectual de las ciencias, a un médico o a un albañil, ni tampoco a un pelotero o a un boxeador? ¿Por qué la preferencia de un cubano sobre otro y de un oficio sobre el otro? ¿Por qué los privilegios a un sector de la sociedad sobre otros? Ya se hace imprescindible el reconocimiento del cubano como elemento preponderante y principal para el acceso a todos los derechos y posibilidades que emergen de la nación a la que pertenecen y que les pertenecen, porque un país es su gente. Y porque “el país es su gente” más allá del lugar donde existan, esa dignidad plena que clamaba Martí no califica, ni delimita, ni restringe, ni elige cubanos: somos cubanos todos. Cubanos dentro y fuera de la revolución, dentro y fuera de la Isla. Cubanos todos, músicos y arquitectos, soldados y agricultores, ingenieros y albañiles, médicos y artistas, maestros y funcionarios, cineastas y peloteros, boxeadores y pianistas. Cubanos todos, con los mismos derechos y con los mismos deberes, pero, sobre todo, con nuestros derechos ciudadanos intactos. Y a los derechos ya mencionados, deben sumarse la libertad del ciudadano a entrar y salir de su patria sin restricciones ni permisos que lo condicionan y degradan; a participar activamente, sin importar el lugar del mundo donde viva, en obligaciones constitucionales, electorales y de toda índole que inmiscuyen la determinación voluntaria y libre del ciudadano; a participar con opiniones sobre la realidad del país desde dentro o fuera del mismo; a ausentarse por el tiempo que estime conveniente, sin que esto afecte sus derechos a regresar, a mantener sus propiedades o a preservar su acceso a los servicios públicos de la nación. Ningún cubano debe tener que pagar tributos al Estado por ejercer su derecho a residir donde le plazca. No es justificable el gravar remesas que los familiares en el exterior envían, con sacrificio y lealtad, a sus parientes en la Isla. Residir en su país o fuera es un derecho natural del ser humano por lo que no puede ser una concesión o un privilegio que el Estado concede a cambio de un canon establecido.
Porque no sólo los estados
son soberanos, sino que también los individuos lo son. De ahí
que existe una soberanía ciudadana ante la cual el Estado no
sólo debe inhibirse, sino que debe reconocerla, y admitir su
deber de protegerla y garantizarla en cada ciudadano. Sólo erradicando la perversión excluyente, heredada de la confrontación en que crecimos, es que nuestro pueblo podrá trascender hasta el cumplimiento de los postulados martianos, respetarnos plenamente como hombres y mujeres dignos y construir una Cuba con todos y para el bien de todos.
Alberto Pujol, artista plástico Amaury Socarrás, diseñador gráfico Ana Zilma Miranda, médico cirujano Armando González, empresario Byron Miguel, sindicalista Camilo Venegas, escritor Carlos Alberto Montaner, periodista Carlos Galán, sindicalista Carlos Manuel Fernández, diseñador grafico Cecilio J. Vázquez, asegurador Diana Madero, agente de seguros E.W.(Bonky) Fernández Acevedo, comerciante Eduardo García, sindicalista Florencio Eiranova, sindicalista Francisco Arencibia, empresario. Francisco Avedo, sindicalista Gilberto García, publicitario Hugo Orizondo, ingeniero Isel Pujol, historiadora del arte Islina Acosta, cantante Iván Pérez Carrión, traductor Jorge Tigera, médico neurólogo. José A. Sotolongo, músico José Luís González, arquitecto José Orozco, economista Jose Prats, escritor Juan A. Francés, sindicalista Juan Carballo, ingeniero Juan Ernesto Lopez, empresario Manuel Solares, comerciante Alberto Rodriguez, técnico Juan Ernesto López, empresario Julio César Arencibia, comerciante Justo Roberto Cabrera, industrial Lilian Ros Linares, Asociación Cubana en RD. Lilo Villaplana, director de televisión Limay González, periodista Lucho Vera, ensayista Luis G. Bermúdez, administrador Luis González Ruisánchez, periodista Manuel Perea, ingeniero María Beatriz Rivadulla, psicóloga clínica María Elena Diez, Asociación Cubana en RD. María Elena Guiteras, industrial Maria Emilia Monzón, sindicalista María Pumarejo, profesora Mariano Benítez, sindicalista Mario Rivadulla, periodista Miguel Pérez, obrero Natalia Tejera, empresaria. Nilda Saldise Torres, asesora Oilda del Castillo, arquitecta Olga María Medina, abogada Pedro Gracia, sindicalista Pedro Montequin, comerciante Pedro Pérez Castro, sindicalista Pedro Ramón López, industrial Rafael Mayola, técnico informático Ramón Pérez, ingeniero Ramón Valdés Mora, empresario. Raúl Varela, administrador Reinaldo Sainz, sindicalista Rene Hernández Bequet, sindicalista Ricardo Roque, medico Rubén Soto, comerciante. Sergio del Castillo, arquitecto Sergio Lopez-Miro, publicista Siro del Castillo, diseñador |
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